jueves, 30 de junio de 2011

El Desván (cuento)


EL DESVÁN

Diez escalones de madera separaban el piso superior de mi casa del desván. El quinto o el sexto, no recuerdo bien, crujía al pisarlo como la pata de palo de un pirata en la cubierta de un barco y que yo reconocía en las películas de bucaneros que tanto me gustaban.

Una mezcla de curiosidad y miedo acompañaba mis frecuentes subidas a ese mundo misterioso, lleno de numerosos objetos de la más diversa procedencia. Al principio vencía el miedo haciéndome acompañar por niños de mi edad a los que a su vez yo les inyectaba parte de mi temor a lo desconocido, inventando mil historias sobre el desván. Pero con el tiempo prefería ir solo a pesar de mi corta edad, no más de nueve años, pasando todo el tiempo que podía en ese “mi pequeño mundo”.

Una tarde descubrí en uno de los baúles unos dardos de colores, ya mohosos pero que aún conservaban afiladas sus puntas. Tomando uno de ellos lo lancé con fuerza hacia una especie de maniquí-percha en cuya cabeza descansaba, desde hacía Dios sabe cuando, un sombrero con plumas de mi madre. Acerté a la primera y el dardo se clavó en la frente del maniquí cuya cabeza se desprendió del resto cayendo a plomo por detrás de una pila de libros. Me asusté y me marché bajando los escalones de dos en dos.

Mi madre regresó al día siguiente de un corto viaje (mi padre murió antes de que yo tuviera uso de razón) y en la puerta oí un alboroto del que sólo podía distinguir los gritos y frases sin sentido que ella emitía sin parar. La acompañaban dos mujeres para mí desconocidas y que la trasladaron a su dormitorio, acostándola entre quejidos y lamentos.

Permanecí ajeno a la situación de mi madre durante varios días. Ella seguía encamada y cuando no dormía, algo que hacía probablemente por efecto de algún narcótico, daba voces, insultando y vomitando palabras soeces que antes nunca había oído en sus labios.Cuando me acercaba a su cuarto, Mariela, la sirvienta, me mantenía alejado y si preguntaba qué le pasaba a mi mamá, ella me contestaba con evasivas o simplemente con la frase “está malita pero pronto se pondrá bien”. Algunas noches sus voces llegaban a despertarme y yo entonces escondía la cabeza bajo la almohada para no escucharla.

Una mañana, dos hombre muy fuertes entraron en su habitación y en un descuido de Mariela pude ver a través de una rendija cómo colocaban a mi madre una especie de camisón blanco con correas dejándola inmovilizada, mientras ella escupía y maldecía a todo el mundo. La sacaron en volandas y la trasportaron hacia la puerta donde una furgoneta con una sirena apagada, esperaba con el motor en marcha.

A pesar de que la sirvienta intentó ocultarme la escena, me dió tiempo a ver a mi madre apenas unos segundos, pudiendo comprobar que en su frente destacaba un punto rojo del que se desprendía una gruesa gota de sangre. Aunque no lo llevaba, ví claramente sobre su cabeza un sombrero con plumas.

27 abril 2011