Mis poemas y cuentos

SE  VENDE  FUEGO


Abrió un tenderete en el mercado de su pueblo, rodeado de puestos y kioskos de pescado, carne, frutas, verduras y otros artículos variados. Vendía armamento de diversa procedencia, señalizado  por unos letreros de cartón escritos en rojo, toscamente enganchados con alambre irregular a cada producto y en los que se publicitaba el tipo de arma y su precio, como por ejm:

  • Granadas de mano aún sin estallar de la guerra del Golfo a 50 € / unidad
  • Un obús nuevo, requisado en la frontera marroquí: 1000 €
  • Bolsas de balas de kalashnikov, 80 € / bolsa de 10 kg.
  • Restos de uranio enriquecido, en diminutos lingotes, a 1500 €
  • Fusiles de asalto AN-94, descatalogados, a 300 €
Y así, diferentes armas, adjuntando una breve reseña explicativa de cada producto en una hoja cuadriculada, como arrancada de una libreta infantil, donde intentaba justificar su origen, cualidades e instrucciones de uso.


Cuando el policía municipal le solicitó la licencia de apertura, él mostró los preceptivos permisos y la documentación pertinente, todo ello perfectamente en regla.


Todos se acostumbraron a su diaria rutina, preparando la trabajosa instalación del material en el tenderete y su no menos laboriosa retirada a la hora del cierre, al fin y al cabo, como un vendedor más que expone su mercancía al público.


Nadie denunció el caso, hasta que un día, una señora tropezó con las patas de una ametralladora ligera Mk-48, lastimándose un tobillo. Entonces y sólo entonces,las autoridades le conminaron a cerrar el puesto de venta hasta nueva orden.


· 
EL ÁRBOL DE LA INDIA

De un viaje a la India traje semillas de un árbol cuyos frutos  me parecieron fascinantes. El guía, riéndose, tradujo las palabras del viejo a quien se las compré por algunas monedas de ínfimo valor. Afirmaba que el árbol cambiaba cada cierto tiempo de aspecto dando frutos distintos. Con poca fe en que prendieran, las planté en mi jardín y creció en poco tiempo un árbol frondoso y cargado de unos frutos amarillos para mí, desconocidos. Cada dos o tres meses cambiaba efectivamente de aspecto y daba frutos nuevos de diferentes colores y formas. 


Esta mañana escuché en el jardín ruidos como de niños jugueteando en una guardería. Observé que de las ramas del árbol colgaban unas cabecitas con ojos y bocas formando una algarabía de risas y  llantos. Me he encerrado en mi casa y no me atrevo a salir hasta que no venga mi jardinero.



EL CRUCERO

En un crucero hay algo peor que un naufragio. Y es que te toque un tío pesado que no se despegue de ti durante todo el viaje.

Amanda y yo habíamos reservado, hacía meses, un crucero de siete días de duración para celebrar nuestro quinto aniversario de boda. En la primera jornada, durante el almuerzo, se nos sentó al lado un hombre de baja estatura, algo grueso y calvo que, una vez que se presentó, estuvo hablando hasta los postres. Al principio nos resultó un tipo muy simpático y dicharachero y hasta cierto punto disfrutamos de su compañía. Era de esa clase de personas que antes de hablar de sí mismo se remonta a varias generaciones para ponernos en situación.

Por la tarde, nos abordó en el bar de cubierta mientras tomábamos un café y no nos abandonó hasta bien entrada la noche. La cena fue un monólogo por su parte. Conocíamos toda su vida y todas las circunstancias personales que puedan ocurrírsele a uno. Nos retiramos al camarote y apenas nos habíamos desnudado sonaron unos golpes en la puerta. Era él, con un ridículo pijama a rayas y sonriendo comentó en voz alta:

  • ¡Vaya! ¡Qué casualidad! ¡Somos vecinos! Os he visto entrar en el camarote frente al mío.

Costó media hora de conversación en la puerta hasta que se marchó, no sin seguir hablando, al tiempo que reculaba hacia su camarote.

Al segundo día intentamos cambiar de lugar durante el almuerzo (teníamos reservado el mismo sitio durante toda la travesía) pero nos fue imposible. Al segundo plato, me dolía la cabeza de escuchar su salmodia sin fin. Creíamos que conocíamos ya toda su vida pero iban apareciendo nuevos temas de conversación a cual más intrascendente y aburrido. Aprovechaba cualquier asunto para repasar todo su repertorio.

  • ¿Sabéis como se preparan unas buenas alcachofas? Mi abuela que vivía en la finca “El Corralillo” las hacía de lujo.

Y se explayaba con la receta de su abuela y después nos explicaba como era “El Corralillo”, cuantas hectáreas tenía, qué castaño daba mejor sombra a la hora de la siesta y bla, bla, bla.

La noche de disfraces, cuando Amanda y yo nos creíamos salvado pues íbamos de fantasmas, se nos acercó disfrazado de vampiro y golpeándonos en los hombros dijo:

  • ¡Os he reconocido, fantasmitas!

No se despegó de nosotros en toda la noche.

Otro día, durante la siesta, volvió a llamar de manera insistente en nuestro camarote y con una risa estúpida preguntó

  • ¡Parejita! ¿Teneis por ahí un cortaúñas de los buenos?

Y señalando sus pies desnudos añadió:

  • ¡Tengo garras en vez de uñas! ¡Y se me han olvidado los alicates en casa!

Y dando risotadas entró y se acomodó en una silla comenzando a referir lo que le ocurrió a un tío-abuelo suyo en la guerra cuando tuvo que cambiar de botas por culpa de las uñas que le crecían de una manera descomunal.

Otra mañana, durante el desayuno y en voz alta, nos recriminó de manera “cariñosa” haciendo un gesto muy expresivo con la mano:

  • ¡Vaya! ¿Qué pasó anoche? ¡Ni el ruido del barco fue capaz de tapar el meneo de la litera!

Amanda enrojeció y yo con una sonrisa fingida desvié la conversación consiguiendo que el individuo cogiera el hilo de su propia madeja verbal que no soltó hasta concluir el desayuno.

La cuarta noche, en la que Amanda y yo queríamos celebrar nuestro aniversario con champán en un reservado del pub musical, se nos acercó sentándose en nuestra mesa, diciendo

  • ¡Vaya, parejita! ¡De celebración! ¿no? ¡Permitirme que me una a vuestra alegría!

Y llamando al camarero pidió una copa donde se sirvió una buena dosis de cava.

El hombre conocía perfectamente nuestros horarios de comidas y por mucho que la modificábamos siempre coincidía en la mesa con nosotros. Amanda y yo apenas disponíamos de algunos momentos de intimidad y nos desplazábamos por el barco mirando a un lado y a otro para no encontrarnos con el "plomo", como lo llamábamos entre nosotros.

La noche última, me encontraba sólo en cubierta fumando mientras Amanda se arreglaba para la cena, cuando el hombre apareció a lo lejos acercándose a mí y diciendo en la distancia

  • ¡Que bonita noche hace! ¡Os he estado buscando toda la tarde! ¿Dónde os habéis metido?

Amanda y yo, habíamos estado prácticamente escondidos en la sauna del gimnasio, de donde salimos arrugados como pasas.

De pronto por mi cabeza, como en una película, pasó la escena. Miré hacia el agua y dije al hombrecillo con voz de vigía.

  • ¡Mire! ¡Un atún enorme al costado del buque!

El hombre intentaba verlo en la penumbra

  • ¡No veo nada!

  • ¡Inclínese más! ¡Ya le he dicho que está casi pegado al casco!

Sacó la cabeza a través de la barandilla, elevando algo los pies, momento que yo aproveché para agarrarlo por las piernas a la altura de las corvas y de un fuerte impulso lo arroje al mar. El viento y el ruido del barco silenciaron su estentóreo grito. Nadie, salvo yo, permanecía en esa zona de cubierta.


Ocupamos nuestro lugar en la mesa. La silla del hombre permanecía vacía esperando a alguien que nunca se sentaría en ella. Dije a Amanda

  • ¡Esta noche presumo que va a ser una noche inolvidable!

Amanda sonrió y dijo

  • ¡No cantes victoria! ¡El "plomo" puede aparecer en cualquier momento!....

  • ¡No lo creo…! Contesté a media voz. "Los plomos no flotan" - pensé para mis adentros-

......    Y esa noche Amanda y yo hicimos el amor mejor que nunca.


13-junio 2011





SONETO

El poeta no muere, se desangra
Por sus ágiles dedos pierde vida
Ganándole a la pluma la partida
Recorriendo el papel con sus palabras

Como el ave fértil que el aire labra
Buscando el árbol que su amor anida
Así el poeta con su mano herida
Deja el rastro donde percute el alma

Los versos uno a uno van rimando
Vagones de ese tren que no descansa
Rosario de poemas destilando
Y en ojos, afiladas como lanzas
Se clavan letra a letra suspirando
Hasta que el soneto su fin alcanza

marzo/abril 2010



                                      LA  PLAYA  (Cuento tétrico de verano)

Murió un veinticuatro de agosto en la playa "Las Rocallas", rodeado de gente, un día de calor sofocante. Tomaba el sol en una tumbona, con sus gafas oscuras, una gorra con el escudo del Levante C.F. y una camiseta blanca con la leyenda en letras azules: "Venecia sin tí no es Venecia", cuando su corazón dejó de latir. Llevaba unas bermudas de rayas verdes y amarillas y a su lado descansaba una bolsa trasparente con diversos objetos personales.
Su cuerpo, mirando hacia el cielo, era uno más entre los centenares de cuerpos que, en la misma posición, se tostaban al sol esa mañana. Nadie se apercibió que su pecho ya no se elevaba al respirar y parecía dormir placidamente.
La gente iba abandonando la playa y al atardecer podían contarse las personas que permanecían en ella. El cuerpo del hombre seguía inmóvil y sólo la brisa desplazaba levemente algunas briznas de su cabello. Algunas de las personas que pasaban a esa hora por su lado, comentaban en voz baja lo ridículo que parecía con sus gafas oscuras ante un sol apunto de ocultarse en el horizonte.
Llegó la noche y la figura del cuerpo inerte destacaba en la soledad de la arena. Algunas parejas que paseaban, sonreían al verlo. De madrugada, dos vigilantes, advirtiendo su presencia, siguieron su marcha comentando:
  • ¡Estos guiris cada vez son más raros!
Al amanecer, el conductor de una máquina de limpieza ni se molestó en gritarle para que se apartara y se limitó a bordearlo, limpiando a su alrededor. A medida que transcurría la mañana, la playa se iba llenando de bañistas. El cuerpo, a esas horas, pasaba más desapercibido. Una pelota, impulsada por un niño, le golpeó en un costado. La madre gritó:
  • ¡Niño, deja la pelota! ¡No ves que estás molestando a ese señor!
Sobre las tres de la tarde del segundo día, la piel, seca y amojamada, presentaba una tonalidad aperlada, indefinida, con algunas livideces asomando bajo sus caderas y brazos. Empezaba a oler mal y las personas que plantaban sus sombrillas a su lado, no tardaban en retirarse. Así, alrededor del cuerpo se hizo un curioso círculo sanitario. De vez en cuando era visible la presencia de una nubecilla de moscas en torno a la tumbona. Un ladronzuelo que acechaba el lugar, se acercó sigilosamente por detrás y tomó la bolsa retirándose dando grandes zancadas.
Bien entrado el atardecer, cuando el cuerpo se adueñaba de la casi desierta playa, las gaviotas revoloteaban por encima e incluso alguna se atrevía a picotear entre los dedos de unos pies lívidos y fríos.
La humedad y otras condiciones climáticas, por esas cosas raras que pasan, llegaron a momificar el cuerpo, sin descomponerlo. Y así, permaneció varios días con sus noches, hasta que terminó la temporada de verano.
La marea fue minando la arena hasta alcanzar la hamaca que se fue hundiendo poco  a poco. Llegó el momento que ésta daba bandazos de un lado a otro hasta que un golpe de ola arrojó al mar el cuerpo que, flotando como un tronco seco, se fue alejando de la costa hasta desaparecer digerido por un insaciable mar.

13 de junio de 2011


EL DESVÁN

Diez escalones de madera separaban el piso superior de mi casa del desván. El quinto o el sexto, no recuerdo bien, crujía al pisarlo como la pata de palo de un pirata en la cubierta de un barco y que yo reconocía en las películas de bucaneros que tanto me gustaban.

Una mezcla de curiosidad y miedo acompañaba mis frecuentes subidas a ese mundo misterioso, lleno de numerosos objetos de la más diversa procedencia. Al principio vencía el miedo haciéndome acompañar por niños de mi edad a los que a su vez yo les inyectaba parte de mi temor a lo desconocido, inventando mil historias sobre el desván. Pero con el tiempo prefería ir solo a pesar de mi corta edad, no más de nueve años, pasando todo el tiempo que podía en ese “mi pequeño mundo”.

Una tarde descubrí en uno de los baúles unos dardos de colores, ya mohosos pero que aún conservaban afiladas sus puntas. Tomando uno de ellos lo lancé con fuerza hacia una especie de maniquí-percha en cuya cabeza descansaba, desde hacía Dios sabe cuando, un sombrero con plumas de mi madre. Acerté a la primera y el dardo se clavó en la frente del maniquí cuya cabeza se desprendió del resto cayendo a plomo por detrás de una pila de libros. Me asusté y me marché bajando los escalones de dos en dos.

Mi madre regresó al día siguiente de un corto viaje (mi padre murió antes de que yo tuviera uso de razón) y en la puerta oí un alboroto del que sólo podía distinguir los gritos y frases sin sentido que ella emitía sin parar. La acompañaban dos mujeres para mí desconocidas y que la trasladaron a su dormitorio, acostándola entre quejidos y lamentos.

Permanecí ajeno a la situación de mi madre durante varios días. Ella seguía encamada y cuando no dormía, algo que hacía probablemente por efecto de algún narcótico, daba voces, insultando y vomitando palabras soeces que antes nunca había oído en sus labios.Cuando me acercaba a su cuarto, Mariela, la sirvienta, me mantenía alejado y si preguntaba qué le pasaba a mi mamá, ella me contestaba con evasivas o simplemente con la frase “está malita pero pronto se pondrá bien”. Algunas noches sus voces llegaban a despertarme y yo entonces escondía la cabeza bajo la almohada para no escucharla.

Una mañana, dos hombre muy fuertes entraron en su habitación y en un descuido de Mariela pude ver a través de una rendija cómo colocaban a mi madre una especie de camisón blanco con correas dejándola inmovilizada, mientras ella escupía y maldecía a todo el mundo. La sacaron en volandas y la trasportaron hacia la puerta donde una furgoneta con una sirena apagada, esperaba con el motor en marcha.

A pesar de que la sirvienta intentó ocultarme la escena, me dió tiempo a ver a mi madre apenas unos segundos, pudiendo comprobar que en su frente destacaba un punto rojo del que se desprendía una gruesa gota de sangre. Aunque no lo llevaba, ví claramente sobre su cabeza un sombrero con plumas.

27 abril 2011




EL  MENDIGO

Desde hacía algunos días, un mendigo se sentaba, a veces dormitando, en los escalones de los soportales de la calle Torneros que yo tomaba a diario tras cruzar la Plaza Alta.

Su cabello era rubio aunque ya cobrizo por la suciedad que lo envolvía. A sus pies yacía una lata grande, como las de conservas de atún, esperando las limosnas, pero siempre estaba vacía.

El martes, dejé una moneda en la lata, salpicando el aire con un leve tintineo. Sin dar siquiera las gracias, algo que me molestó, el mendigo tomó diligentemente la moneda y desde su asiento la arrojó con tino a una alcantarilla al borde del acerado. Seguí mi camino discurriendo sobre el extraño proceder del pedigüeño.

En días sucesivos observé que el mendigo se comportaba de la misma manera cuando alguien soltaba alguna moneda en la lata. En una ocasión, que yo pudiera ver, realizó la misma operación con un billete para lo cual tuvo necesidad de incorporarse con dificultad hasta hacerlo desaparecer entre las rejillas de la alcantarilla. Nunca agradecía los óbolos.

No he podido resistir la tentación y esta mañana decidí indagar sobre el motivo que impulsaba al mendigo a perder el dinero de forma tan inaudita.

Pero en el lugar donde se sentaba sólo permanecía, como muda señal de su presencia, una mancha de mugre en el suelo. Pasé al lado de la alcantarilla y sin saber por qué, algo me impulsó a dejar caer una moneda a su través. El sonido metálico que escuché cuando concluyó su caída me resultó familiar. Del interior de la alcantarilla surgió una voz, que con acento educado y melodioso dijo: ¡GRACIAS!

30-marzo-2011



EL ARBOL

El árbol ya no estaba allí. O al menos me lo parecía. La parcela que rodea mi casa es bastante grande pero no lo suficiente para que este hecho me pasara desapercibido. Entre dos frutales podía verse un espacio libre a través del cual podía otearse la buhardilla del vecino, antes oculta por las ramas del árbol.

Me acerqué al supuesto "hueco" que dejó en mi vista su ausencia y pude comprobar que no había ninguna señal que permitiera deducir que allí había estado plantado un árbol, al menos recientemente. Un tupido césped cubría toda la superficie.

A pesar de ello, quise asegurarme y me dirigí a mi despacho. Me senté ante el ordenador y busqué las fotos del cumpleaños de Clara, mi mujer, que celebramos algunos meses atrás en el porche. En una de las instantáneas, Clara y mi hijo Dora sonreían jugueteando bajo la sombra del árbol que yo echaba de menos.

Volví a mirar el vacío ámbito y un breve estremecimiento acompañó la sensación de soledad que me envolvía como si fuera una cápsula.. Contemplaba absorto el panorama cuando ví a mi mujer salir de la casa hacia el porche seguida por un hombre al que yo no conocía y que tiraba de un perro grande, negro con manchas blancas, asiendo una correa de cuero (no me gusta los perros y a pesar de la insistencia de Clara, nunca lo tuvimos)

Quise articular alguna palabra pero no pude. Clara y el desconocido andaban lentamente, riéndose y cuando parecía que inevitablemente iban a tropezar conmigo, traspasaron mi cuerpo, como un hálito de aire frío, sin yo percibir nada y siguieron caminando hasta el césped donde se sentaron uno junto al otro.

Miré hacia la amplia cristalera que separa el porche y el salón, en la que, como en un espejo, pude ver con claridad que el árbol seguía allí................pero mi imagen no se reflejaba.




LA BATUTA



La batuta del director de orquesta salió despedida y su punta impactó en el ojo de un espectador que estaba dormido.

El espectador que estaba dormido, despertó sobresaltado y ante la sorpresa, realizó un movimiento brusco con los brazos, golpeando con un codo la cara de una señora que estaba a su lado.

La señora que estaba al lado del espectador que fue despertado violentamente por la batuta escapada de la mano del director de orquesta, desplazó su cabeza hacia el lado contrario del imprevisto codo, estrellándose en la boca de un señor con gafas que agarraba la mano de una chica menuda.

La boca del señor con gafas, golpeada por el cabeza de la señora en cuya cara a su vez impactó el codo del espectador que se despertó al ser alcanzado en un ojo por la batuta del director de orquesta, comenzó a sangrar salpicando la nuca de una señora de larga melena que se sentaba en la butaca delantera.

La señora de larga melena, cuyo pelo fue salpicado de sangre expulsada por la boca del señor con gafas, se sobresaltó y arrojó con violencia el bolso de mano que tras sobrevolar varias filas de butacas, aterrizó en la oreja de un hombrecillo diminuto que en ese momento intentaba descalzarse del pie derecho, a causa de un de un picor insoportable.

El hombrecillo, sorprendido por el bolso de la señora de larga melena, arrojado inconscientemente al percibir la sangre de la boca del señor con gafas, agredida por la cabeza de la señora golpeada por el codo del espectador que se encontraba dormido y despertado por la lacerante batuta del director de orquesta incrustada en su ojo, llevó su mano a la oreja al tiempo que desplazó el zapato hacia su izquierda, el cual impactó en la nariz de un hombre, ya anciano, que hojeaba el programa del concierto.

El anciano, soltó el programa y el bolígrafo con el que subrayaba algunos pasajes salió despedido, girando sobre sí mismo, aterrizando de punta sobre los senos de una señora que comentaba con su marido la grandiosa obertura de la orquesta. La señora, culpando del lance a algún insecto desconocido, interesado en sus protuberancias mamarias, desplazó el dorso de su mano derecha de tal manera que golpeó la cara de su marido, saliendo despedida una de sus lentillas.

El marido de la señora cuyos senos fueron sorprendidos por la punta de un bolígrafo con el que subrayaba el programa un señor anciano, a su vez golpeado en la nariz por el zapato de un hombrecillo de oreja enrojecida por el impacto del bolso de la señora de larga melena y cabello enrojecido por la sangre de la boca de un señor con gafas, golpeado por la cabeza de una señora que aún se dolía del codazo propinado en la cara por un espectador que se despertó con la batuta del director de orquesta en su ojo, emitió un grito estentóreo que hizo estremecer el aire de la sala de conciertos y que hizo levantar de sus asientos a los demás espectadores, los cuales corrieron despavoridos hacia la puerta de salida (alguien además había insinuado que se trataba de un fuego)

En pocos minutos, y ante la mirada perdida del director de la orquesta, cuyos miembros también abandonaron el escenario mezclándose entre el público, la sala quedó vacía.

Sólo brillaba en el suelo la batuta y algunas gotas de sangre.

Noviembre / 2003





EL AUTOBÚS

   Es muy infrecuente que me desplace en autobús. Pasan meses e incluso años sin que utilice este medio de transporte público en la ciudad. Pero esa mañana temprano acababa de dejar el coche en el taller y no tuve más remedio que tomar el autobús de línea nº 6 que me dejaba bastante cerca de mi lugar de trabajo.


   Necesité preguntar por el importe del billete y me senté al lado de una ventanilla. Previendo esta circunstancia había escogido un libro de mi biblioteca para pasar el rato. Concretamente un libro de poemas de Yorgos Seferis, que me apetecía releer.


   En la siguiente parada subió una mujer joven, a la que casi yo doblaba la edad, ocupando el asiento de al lado. Sacó de su bolso un libro y mi sorpresa fue enorme al comprobar que era el mismo libro que yo estaba leyendo, aunque en una edición distinta. La probabilidad de esta coincidencia se me antojó infinita.

   Nos miramos de reojo y en un acto reflejo y síncrono, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, apoyamos el libro sobre nuestros respectivos regazos y sonreímos, quedando nuestros ojos frente a frente durante varios segundos, como si se tratara de un espejo.

   Durante el largo trayecto (ambos nos bajaríamos en la última parada) hablamos primero del libro que casualmente habíamos elegido ese día y después de otras cosas que parecían unirnos tanto como la propia obra de Seferis.

   Desde ese día y a pesar de que ya disponía de mi vehículo, tomo el autobús a la misma hora, esperando que ella suba en la parada siguiente, reservándole el asiento a mi lado.

   Han pasado ya tres meses y nuestra complicidad es absoluta. No sé casi nada de su vida y ella tampoco mucho más de la mía. Sólo hablamos de literatura y de temas intranscendentes según la óptica general de la gente pero que nosotros consideramos importantes para el desarrollo de un ser humano.

   En ocasiones nuestras manos se rozan y nuestros cuerpos se acercan tanto que puedo oler su cuello y sentir el cosquilleo de algunos cabellos sobre mi rostro.

  Esta mañana ella se ha despedido dándome un beso en la cara, diciéndome que no volvería a tomar este autobús. Ha dejado sobre su asiento el libro de poemas de Seferis, que dejaba entrever una nota que ahora leo en voz baja:

   -“No quiero arriesgarme a conocerte mejor. Probablemente seas el hombre de mi vida, pero no puedo, ni debo, arrojar por tierra mi situación actual, casada y con un hijo, en la que me encuentro hasta cierto punto, feliz. No sé si estoy enamorada de tí, pero, sea cual sea este sentimiento, guardaré en secreto tu presencia en lo más profundo de mi alma”-




LA MANO

   Oí ruido en el jardín y miré a través de la ventana. Una mano, huesuda y fuerte, sola, sin un cuerpo al que perteneciese, arrancaba una rosa que acababa de abrirse al mundo. La mano transportó la flor por el aire a la altura de una supuesta nariz y tras algunos segundos quedó suspendida en el vacío como si luciera en una solapa invisible.

   Como un pajarillo aprendiendo a volar, la solitaria mano se desplazó hasta una maceta adosada a la pared y comenzó a juguetear con las ramitas que asomaban por el borde.

   Yo seguía observándola sin atreverme a hacer el más mínimo gesto que evidenciara mi presencia.

   La mano, andando sobre dos dedos por la hilera de losas del jardín se fue acercando a un parterre donde yacían algunas florecillas de colores. Apartó un pensamiento y una petunia y husmeó por el fondo hasta coger una lombriz con la pinza que formaban el pulgar y el índice. La lombriz desapareció en una boca inexistente, por encima del lugar en el que aún se encontraba “alojada” la rosa, que seguía de manera acompasada sus movimientos.

   Rasgueó unas cintas verdes que cubrían los pies de los pinos y fue a posarse, si es que ésta es la palabra adecuada, en una mesa de mármol que se hundía por su peso en el terreno. Desde allí, dibujó su trayecto hacia la ventana, sorprendiéndome en mi atalaya y mostrando una actitud que se me antojó poco amigable.

   No se necesitan ojos para sentir una mirada que te inquieta. Me retiré súbitamente del cristal dando un paso hacia atrás y la mano, señalándome primero con su dedo índice y luego, elevando el dedo pulgar hacia arriba como dando su aprobación, se elevó dos o tres metros y desapareció entre los árboles que limitan con la casa del vecino.


¿DONDE SE FUMA YA?


Desde hoy día 2 de enero de 2011, nadie lo duda, España comienza a ser más saludable. Las restricciones impuestas a los fumadores en casi todos los locales públicos de este país, harán mas limpios los lugares de reunión alrededor de un café o una copa.
Pero no es menos cierto que, también, a partir de hoy, España es menos libre. Un colectivo importante verá limitada una actividad individual que llena gran parte de su existencia y que sólo pretende, respetando a los que son objetores, la posibilidad de disponer de espacios de ocio donde seguir disfrutando de su, llamémosle, vicio suicida.
No dejaremos de censurar esta legislación que permite la adquisición de un producto, incluso incrementando sus puntos de venta, para después limitar su consumo condenándolo a la clandestinidad.
Dedico esta oda al tabaco, dando mi "insincera" enhorabuena a los que han ganado la batalla (espero que no la guerra). Los talibanes deben de estar orgullosos de su logro.
ODA AL TABACO

Ya sé que no esta bien cantar a un vicio
un vicio que ¡ya lo sé! Perjudica y mata
pero ¿quién no, alguna vez a la virtud asalta
cuando sin mirar se bordea un precipicio?

Letras de oro escritas en el frontispicio
de restaurantes, bares, clubes y tascas
sin olvidar otros ámbitos y otras plazas
¡Prohibido fumar! Y no es sólo un aviso

Quien lo incumpla, no se haga el novicio
que la dura ley que rige en esta España
ni la clemencia ni el perdón la empaña
¡se puede seguir fumando! ¡pero en presidio!

¿Tan difícil es mantener un equilibrio
entre fumadores y gente neutra, vana
que sólo ven en el  humo a la parca
haciendo de su resistencia un oficio?

¡Cómo no acompañar ese café “matutinio”
antes de empezar nuestra dura jornada
cuando apenas salido de la madrugada
se busca, con ansias, ese blanco cilindro!

Y la cerveza, ese otro amargo maleficio
según aquellos que sólo beben nada
¡como dejarla sola y no ir acompañada
del cigarro en la boca, sublime orificio!

Han puesto fecha, sin prórroga, los malditos
el dos de enero, cual etiqueta en una lata
para recordarnos a los inocentes fumatas
que abandonemos nuestro confesable vicio.

Como una puta apoyada en un quicio
fumaremos en las calles o en las casas
...en las casas donde no se corten alas
¡mejor ser niño huérfano en un hospicio!

Dejan fumar, sin embargo, sin ser delito
en cárceles donde el preso del tema pasa
¡estaría bueno!, dicen los de condena larga
a mi la ley me la paso....me importa un pito

Y también para locos está permitido
llenar de humo la locura que los marca
mejor dejar de ser cuerdos, ¡Virgen Santa!
que seguir siendo, como ahora, “clandestinios”

Y menos mal que por ley de estos indignos
no nos prohiben ¡Sólo eso haría falta!
Fumar tras ese momento en la cama
donde la guinda de un polvo es un pitillo

¿Cómo quedarán esos días de delirio
cuando los labios, sin ese beso de calma
pidan a tus manos ociosas y magras
el paquete que duerme en tu bolsillo?

¡Quién apagará la sed que yo preciso
cuando la nicotina sea historia pasada
reliquia de museos, de una era anciana
aquel placer que robamos a los indios!

¡Que nos fusilen si quieren ahora mismo!
¡que encadenen con hierros las gargantas!
pero..mientras haya muerte hay esperanza
¡Creo que se puede fumar en el Olimpo!

31 de diciembre de 2010




MI MADRE ESTÁ (cuento de Navidad)

El niño no tendría más de seis años. Se perdió entre la multitud que llenaba la plaza de América de su ciudad natal donde la gente se agolpaba comprando objetos navideños.

La verdad es que más que perderse se equivocó de madre y sin darse cuenta dio su manita a una señora, probablemente de corte parecido a la suya. Y así caminaron entre tenderetes mientras que la señora, con una sonrisa cómplice, siguió el juego hasta parar en un humilde rastrillo, diciéndole al niño con una voz suave y cadenciosa:

  • ¿Quieres alguna cosa de aquí?. Escoge la que más te guste.

Para entonces el niño, que parecía haberse apercibido del error, continuó asido a la tierna mano que la agarraba sin apretar los dedos.

  • Señora, ya sé que usted no es mi madre pero quiero que lo sea por algún tiempo.

  • ¿Por algún tiempo? ¿Hasta cuando es algún tiempo?

  • No lo sé, pero lo suficiente para saber lo que es una madre. Puede que sólo sean unos minutos pero... ¡Quién sabe cuando me daré cuenta!

  • Pero....¿Y tu madre? ¿Dónde está?

  • Mi madre ESTÁ pero tardará bastante en notar mi falta. El niño puso un énfasis especial cuando pronunció la palabra ESTÁ.

  • ¿Y eso? Preguntó la señora

  • Pues....no es fácil de responder.

  • ¡Vamos a ver! ¿Está aquí en el mercadillo?

  • Sí y no. Ya le he dicho que ESTÁ.

  • Pero...¿Qué quieres decir con que sí y no ESTÁ?

  • Si le digo que ESTÁ aquí le miento y si le digo que NO ESTÁ, tampoco digo la verdad.

A estas altura del episodio, la señora mostraba ya una gran preocupación y se dirigió con el niño hacia el policía que vigilaba la plaza.

Ante el relato de los hechos, el policía sonrió y le dijo a la señora:

  • ¡Quédeselo otro ratito! ¡El niño se lo va a agradecer!
  • Pero.... ¡Cómo que me lo quede! ¡Su madre debe estar más que preocupada buscándolo!

  • ¡Señora!, dijo el policía con una voz tan baja que casi se perdía entre el murmullo de la plaza, su madre ESTÁ (también citó esta palabra con énfasis) como ya le habrá dicho el niño, pero le mentiría tanto si le digo que ESTÁ aquí en el mercadillo como que si no.
La señora sintió un vértigo repentino, cayendo a plomo sobre el suelo.

El niño, volviéndole la cara al policía, se marchó murmurando:

  • Voy a buscar la mano de otra madre.

    21 de diciembre de 2010





LA TRIBU BLANCA

    El nacimiento de Michleke fue un error. No sólo por nacer en África, un continente que ya de por sí supone un handicap en el desarrollo de una vida, sino por el hecho de nacer negro. ¿Negro en África? ¿Y que hay de extraño? Se preguntarán. Pues sí, Michleke nació en una tribu de raza blanca en lo más profundo de la selva congolesa.


    Los Uit'ome, según algunos, provienen de una pequeña colonia de misioneros y monjas que llegaron con las primeras oleadas de exploradores para evangelizar aquellos territorios. Dicen que se cruzaron entre ellos dando lugar con el tiempo a una minoría que se ocultó en zonas inaccesibles quizás debido a la pudorosa necesidad de evitar el contacto con el mundo tras romper la castidad cristiana. Otros dicen que los Uit'ome son descendientes de una expedición de hombres (y mujeres) blancos que se perdió y que sobrevivieron como pudieron, dando lugar a un grupo endogámico aislado, aún hoy existente.


    El nacimiento de Michleke fue acogido en la tribu con recelo y su madre, una joven rubia, recién estrenada su pubertad, después de ser repudiada por el incuestionable contacto carnal con algún miembro de otra tribu de color, fue arrojada a los cocodrilos, según la ley imperante entre los Uit'ome. El negrito fue amamantado por una vaca doméstica y sobrevivió a pesar de su aparente débil naturaleza. Desde su más tierna infancia le fueron encomendadas las tares mas penosas y era tratado más como un animal de carga que como a una persona.


    Cuando cumplió la mayoría de edad, apenas catorce años, Michleke se fugó del poblado, recorriendo la selva durante varios días con sus noches, cruzando ríos y senderos infectados de alimañas hasta dar con una aldea de chozas de barro y boñigas de vacas. Sin conocer otra lengua que la de los Uit'ome, una especie de francés ya irreconocible, pudo darse entender y ganarse la confianza, no sin dificultad, de los Wasingo e integrarse realizando labores y aportando ideas que fueron bien recibidas por sus pobladores.


    Con el tiempo, Michleke se casó con una joven Wasingo quien tras un embarazo bastante tormentoso dio a luz un niño, que ante la sorpresa general era de color blanco. Considerado signo de mal augurio, Michleke y su esposa fueron sacrificados para lavar la afrenta a los dioses. Sin embargo, por exigencia del hechicero, a la criatura se le permitió seguir con vida como símbolo del más allá, dándosele el nombre de Fanbimba  (mensajero del dios serpiente del río) Creció y siguió viviendo en el poblado pero siempre como alguien ajeno al grupo y al que nadie, excepto el hechicero, podía dirigir la palabra.


    La noche antes de la ceremonia de iniciación como corresponde al paso de niño a adulto, Fambimba se escapó de la aldea con algunos víveres y una lanza.


    Atravesando ríos y selva, Fambimba llegó a un poblado donde, ante su asombro, todos tenían su mismo color blanco. Lo rodeó e incluso llegó a cruzar su mirada con una niña rubia que lo observaba con curiosidad, pero siguió su camino perdiéndose entre la maleza.








Jerez 11 de diciembre de 2010






TIEMPO BLANCO

Ella salió de la habitación más despacio que de costumbre. Sus pasos apenas hirieron las baldosas y dejó un leve perfume a poros jóvenes. Tendría unos veinticuatro años pero aparentaba aún menos. Su pelo, tan simétrico que no parecía natural, caía de manera perfecta hacia unos hombros redondos y blancos como bolas de billar. Yo solía mirarla sin que ella se diera cuenta y dejaba en suspenso la lectura introduciendo un dedo entre las hojas del libro mientras iba descubriendo nuevos rincones de su cuerpo.

Ahora ella no estaba y me dormí con el recuerdo de su pelo flotando en el volumen del cuarto, ya sin su aire. La vi en sueños vagando por un camino alfombrado de hierba alta que ocultaba sus pantorrillas. Llevaba la cara sucia y el pelo enmarañado, pero aún se mantenía bella. Lloraba sin lágrimas y su llanto se atascaba entre golpes de tos. Su falda raída se enredaba en la maleza y mientras más aceleraba, más profundas e invisibles eran sus lágrimas.

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Aunque apenas imperceptible, el ruido de la puerta al entreabrirse fue suficiente para despertarme. Entró suavemente, como se fue. Las canas brillantes aún dejaban entrever parte de su antiguo color almendra. Algunas arrugas terciaban su cara y los párpados se apoyaban cansados sobre unos ojos mortecinos. Sus hombros tendían a descolgarse buscando un apoyo imposible y su espalda, encorvada, obligaba a mantener el equilibrio de unos pies menudos que se arrastraban buscando unos pasos seguros.

No quise mirarme al espejo.








LA NOVELA INFINITA

Entre pitos y flautas llevo cinco años intentando terminar mi novela.

Los dos primeros años los pasé elaborando un guión sobre la idea que se me vino a la cabeza una noche de lluvia mientras conducía de regreso a mi casa. Llené folios y folios con esquemas y las mas variadas anotaciones que me fueran útiles a la hora de emprender la tarea.

Tengo el desarrollo prácticamente concluido. A él llevo dedicado unos tres años y me parece muy conseguido.

Los protagonistas son reales. Reales en el sentido literal de la palabra, o sea, un rey y una reina que pasan gran parte del día paseando y hablando de sus cosas por los jardines del palacio.

Por supuesto he incluido otros personajes secundarios y alguno de ellos van adquiriendo cada vez mayor protagonismo en la trama.

Pero el nudo de la novela se me atraganta como un hueso de pollo. No tengo manera de entrelazar las diversas historias paralelas que me van surgiendo y que se cruzan entre sí dando cada una de ellas argumento para escribir otra novela.

Ahora percibo hasta siete novelas-hijas que van brotando como yemas del árbol-novela principal y decido esbozarlas en hojas aparte para escribirlas más adelante.

Me he visto obligado a modificar el título en innumerables ocasiones porque no estoy seguro de que los protagonistas iniciales, o sea, los reyes, sean las figuras principales. Es más, ni siquiera sé si son importantes y deberían pasar a ser personajes secundarios.

Lo peor es que cada personaje de cada novela-hija a su vez me incita a nuevas narraciones.

Voy por el capítulo trece y acaba de surgir un elemento muy interesante: Un abogado que acaba de conocer a un bella azafata y su amor lo transporta a Pakistán, país del que es natural su amada. Creo que aquí hay tema para otro relato independiente.


Recibo una carta. Mi editor me ha dado el ultimátum. Me ha concedido solo tres meses para entregar la obra. Esta circunstancia me inspira un buen tema para otra novela: Un novelista que nunca concluye su novela. Y así, empiezo a diseñar con estos mimbres el desarrollo de este argumento.

Me acabo de quedar sin papel. Me acerco a una imprenta y el dependiente, un hombre jorobado y con malas pulgas, es un tipo curioso. Habla muy deprisa y tiene un tic que le hace mover media cara y la oreja. Me vendría bien para incluirlo en mi novela.

¿Pero en cual?

Jerez, 26 de noviembre de 2010







CABALLO. METAMORFOSIS

Al levantarme esta mañana me dirigí al baño con un extraño trote que no podía controlar. Después de la ducha, me dí cuenta que de mi cuello salía una pelusilla a la que no dí excesiva importancia. 

En un acto impropio de mi rutina, prescindí del coche y fui hasta el hospital con un paso cada vez más rápido, llegando con un sudor que me recorría la espalda. De vez en cuando, salía algo de espuma de mi boca y emitía un ruido gutural similar a un bufido. Mi compañera de trabajo me comentó si me encontraba bien. Comencé a regurgitar la cena de anoche, achacándolo a una mala digestión. 

En el desayuno, de manera involuntaria, pedí al camarero algo de avena. Tuve que hacer un esfuerzo para disimular y corregir mi petición. No se me apetecía café y dejé la tostada con mantequilla a medias.

Regresé a casa dando saltos por la calle y antes de entrar mordisqueé algo de hierba del jardín y una planta seca que asomaba por la boca de una vieja maceta. La pelusa del cuello me molestaba y me liberé del primer botón de la camisa.

Mi mujer me notaba extraño y yo no conseguía establecer una conversación mínimamente razonable. Le sugerí con insistencia que  me apetecía comer paja, heno o algo similar. Me miró con preocupación y sólo conseguí que me sirviera una ensalada a la que, sin que me viera, añadí unos brotes tiernos de gramón y un trozo de la esterilla de enea que descansaba en la entrada de la casa.
La cabeza me estallaba. Me pareció que mi cara se estiraba y la boca y mis orejas crecían sin parar
 
No pude resistir sentado mucho tiempo. Concluido el almuerzo, sin decir nada y mientras ella permanecía en la cocina, abandoné la casa, mirándome antes en el espejo (fotos que acompaño) y sin rumbo comencé a galopar por el centro de la avenida.













CIEN CARTAS DE AMOR

Ayer recibí cien cartas de amor. Escritas a mano, a la antigua, con pluma y papel perfumado.

O tal vez sólo fue una y la leí cien veces.

Las letras, de colegio de monjas, bailaban inseguras sobre el fondo blanco del papel.

O tal vez eran mis manos las que las hacían temblar al leerlas

Algunas minúsculas gotas de tinta salpicaban los márgenes.

O tal vez eran mis ojos que rebosaban dejando caer alguna lágrima.

Las llamas de amor que desprendían las palabras podrían incendiar un bosque o fundir un ejército de soldados de plomo. Nunca leí una declaración de amor que pudiera surgir con tanta fuerza de las entrañas de un corazón enamorado.

El tiempo, ese avión que vuela a velocidad de crucero, la hizo aterrizar muchos años después en mi buzón que la saboreó con deleite tras devorar inútiles e indigestos folletos de propaganda.

El sobre aún mantenía algo de su brillo original y sólo el sello, un funesto general de perfil, desentonaba.

La recuerdo como si acabara de soltar su mano, acariciándola suavemente al despedirme en el umbral de su casa. Las promesas de amor encierran a veces trampas que no vemos y en las que caemos sin que nadie nos empuje. Nada hacía presagiar que nunca más iba a retirar el pelo de su frente ni besar su cuello mientras ella se estremecía cerrando los ojos.

Volví a tomar el sobre en mis manos y releí la fecha en el casi imperceptible matasellos: 7-abril-1969. El mismo día en el que sufrí el accidente. Acerco mi silla de ruedas a la mesa y vuelvo a leerla.

Jerez 19-noviembre-2010


CUENTO  (1)

OMGLOSTE


Hoy me he dado cuenta que soy un omgloste

¿Un omgloste? Y ¿qué es eso?

No lo sé, pero al despertar esta mañana y consultar con el espejo, me vi ojos y mirada de omgloste.

Corrí hacia el diccionario y no hallé esa acepción en página alguna. Pero estaba seguro. Mis orejas eran de omgloste. Y la sonrisa sardónica que me devolvió la luna del armario era de omgloste.

Me sumergí en los buscadores de Internet y tecleé omgloste. Silencio. Ni una sola web incluía la palabra.

¿Qué extraños motivos me habían convertido en un omgloste? Quizás mis razonamientos lógicos que me impiden ver más allá de los límites humanos. Mis manos eran de omgloste, de eso puedo dar fe.

Nunca investigué los mundos paralelos. Ni los que se cruzan en las cuadrículas de la mente, donde no caben asimetrías. Dos más dos, cuatro.

Me alisé el pelo con mano vacilante, lo cual hizo parecerme aún más a un omgloste.

Intenté recordar mis últimas horas, mis últimos días e incluso años. Nada hacía presagiar este rumbo a la deriva.

Sin duda, mis piernas eran de omgloste. Recogí del suelo el periódico a medio leer de la noche anterior y vi mi imagen en primera plana. Claramente se apreciaban los rasgos de un omgloste.

No he salido de casa. Me he quedado sentado, entregado a la meditación. Todavía mis pensamientos tejen hilos de razonables locuras. Pero poco a poco me voy dando cuenta de que se intercalan ráfagas de sensaciones propias de un omgloste. Intento desviar el curso de mis ideas hacia tierra firme. Cada vez me cuesta más trabajo. Quiero hablar en voz alta pero mi lengua sólo emite en las frecuencias del espectro omgloste.

Cojo un papel y empiezo a escribir palabras que me resulten trascendentes. VIDA, AMOR, DIOS, AMTAD, CBRO, AMLA, T5U$5, &GR”Ñ, KK#0………

El omgloste que soy se va apoder?=* d^[ mi. Ugla ti groda.


Jerez, 29 de marzo de 2008